El honor en alta mar
El Gran Almirante Miguel Grau Seminario también es considerado entre los precursores del Derecho Internacional Humanitario, debido a sus acciones de salvamento durante la Guerra del Pacífico.
La tarde del 21 de mayo de 1879 la corbeta Esmeralda empezó a hundirse en el mar, tras ser espoloneada por el monitor Huáscar. Los desesperados náufragos chilenos se dieron cuenta de que todo había terminado.
Sin el auxilio oportuno de una embarcación amiga, y hallándose lejos de su patria, aquellos hombres estaban condenados a perecer en las aguas de ese sector del Océano Pacífico, frente a las entonces todavía peruanas costas de Iquique.
Sin embargo, aquel mismo buque de guerra que minutos antes les había causado dolor y ruina, cambió repentinamente de rumbo y se dirigió hacia ellos; no con el propósito de rematarlos, sino para salvarles la vida por orden de su comandante, don Miguel Grau Seminario. Los botes del Huáscar consiguieron rescatar a 62 sobrevivientes de una tripulación compuesta por 198 marinos. Una vez a salvo sobre la cubierta, lanzaron con fuerza un grito unánime: “¡Viva el Perú generoso!”.
¿Qué motivó al Caballero de los Mares a tomar esa inesperada y noble decisión que evitó la muerte de decenas de marinos? El historiador Francisco Yábar Acuña opina que esa actitud probablemente nació cuando nuestro máximo héroe, siendo niño, vivió una catástrofe similar.
“Grau naufragó en su primer viaje, cuando tenía 8 años. Él sintió el mismo miedo de morir ahogado. Pero alguien lo rescató y pudo sobrevivir de alguna manera, junto con el comandante del barco en el que servía”, recuerda.
Conociendo la vida y suerte de un náufrago, Miguel Grau comprendía en toda su dimensión aquella realidad, y quizá fue precisamente esa experiencia la que lo llevó a decidir, con firmeza y humanidad, rescatar a esos náufragos.
“Era, sin duda, un hombre con una sensibilidad muy especial”, agrega. Pero no solo ese noble gesto en combate lo distingue, también esa misiva que escribe poco después y que hoy es famosa a nivel mundial.
Las condolencias
Grau ordenó, tras la muerte del capitán chileno Arturo Prat, recoger sus pertenencias, como el aro de matrimonio, fotos familiares y objetos religiosos, y enviarlas a su viuda, doña Carmela Carvajal, junto con una conmovedora carta, el 2 de junio de 1879, “al ancla de Pisagua”:
“Dignísima señora: Un sagrado deber me autoriza a dirigirme a Ud. y siento profundamente que esta carta, por las luchas que va a rememorar, contribuya a aumentar el dolor que hoy justamente debe dominarla. En el combate naval del 21 próximo pasado que tuvo lugar en las aguas de Iquique, entre las naves peruanas y chilenas, su digno y valeroso esposo, el capitán de fragata don Arturo Prat, comandante de la Esmeralda, como usted no lo ignorara ya, fue víctima de su temerario arrojo en defensa y gloria de la bandera de su patria. Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle a usted las inestimables prendas que se encontraron en su poder, y que son las que figuran en la lista adjunta. Ellas le servirán indudablemente de algún consuelo en medio de su desgracia y por eso me he anticipado a remitírselas. Reiterándole mis sentimientos de condolencia, logro, señora, la oportunidad para ofrecerle mis servicios, consideraciones y respetos con que me suscribo de usted, señora, muy afectísimo seguro servidor.
– Miguel Grau.”
Al respecto, el catedrático Fernando Valeriano Ferrer sostiene que aquella carta no solo refleja una profunda empatía hacia la familia, sino también un claro entendimiento del inmenso dolor que atravesaba la viuda al perder a su amado esposo.
“Grau le devuelve la espada, un trofeo muy relevante que tenía en su poder. Y en lugar de proclamarse un vencedor soberbio, demostró caballerosidad, honor, respeto y desprendimiento por algo tan valioso”, explica.
El rescate de los náufragos, la decisión de no disparar contra ellos mientras luchaban por sobrevivir –a diferencia de lo que hizo el enemigo– y, sobre todo, la célebre carta a la viuda de Prat, constituyen testimonios de lo adelantado a su tiempo que estuvo nuestro inmortal Caballero de los Mares.
Décadas más tarde, se comenzaron a crear y adaptar normas, así como principios humanitarios dirigidos a los combatientes, específicamente en el mar. Dichas disposiciones buscaron establecer reglas mínimas de respeto y protección, con el propósito de atenuar los horrores del conflicto y de dotar a la guerra de un rostro más humano.
Respuesta a Miguel Grau
Fragmento de la carta de la viuda del comandante Arturo Prat, Carmela Carvajal:
“…tengo la conciencia de que el distinguido jefe que, arrostrando el furor de innobles pasiones sobreexcitadas por la guerra, tiene hoy el valor, cuando aún palpitan los recuerdos de Iquique, de asociarse a mi duelo y de poner muy alto el nombre y la conducta de mi esposo en esa jornada, y que tiene aún el más raro valor de desprenderse de un valioso trofeo poniendo en mis manos una espada que ha cobrado un precio extraordinario por el hecho mismo de no haber sido jamás rendida; un jefe semejante, un corazón tan noble, se habría, estoy cierta, interpuesto, de haberla podido, entre el matador y su víctima, y habría ahorrado un sacrificio tan estéril para su patria como desastroso para mi corazón”.
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