No más segunda vuelta, no más ‘mal menor’
Javier Albán, investigador del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico.
Uno de los grandes desafíos que hoy afronta nuestro país es implementar una serie de reformas –judicial, política, electoral, etc.– a nuestras reglas institucionales formales. Una de las principales dificultades para hacerlo, sin embargo, es el hecho de que dichas reglas rara vez han sido diseñadas pensando en el contexto concreto en el que iban a aplicarse. La mayor parte del tiempo, más bien, hemos tendido a importar mecanismos constitucionales de otras realidades, con la expectativa de que también funcionen aquí. El resultado ha sido un conjunto de instituciones incompatibles o hasta contradictorias que, lejos de ayudarnos a superar nuestras crisis, muchas veces las han agravado.
La regla de la segunda vuelta presidencial es un ejemplo concreto de este fenómeno. Fue creada pensando en darle más legitimidad al ganador: 50% de los votos como mínimo. Sin embargo, tanto en Perú como en la mayor parte de países de América Latina que adoptaron este sistema, se ha convertido en un mecanismo que multiplica con el tiempo el número de candidaturas relevantes, a la vez que permite que gane la elección una persona rechazada por la mayoría, siempre que sea el “mal menor” frente a la alternativa.
La segunda vuelta crea un incentivo en muchos partidos para competir por separado, apuntando a un sector más pequeño del electorado que les permita competir, al menos, por el segundo lugar en la primera ronda, en lugar de apuntar siempre por llegar a la mayoría desde el inicio. Para muchos, finalmente, esta podría ser la mejor o la única estrategia viable. Los ciudadanos, por su parte, votan en primera vuelta por alternativas con pocas posibilidades de ganar, por las que no votarían si solo existiese una ronda, para no “desperdiciar” su voto. El resultado es un sistema donde cada vez es más probable que sobrevivan más alternativas electorales, y en el que el presidente electo llegue al poder con una base pequeña y con un rechazo mayoritario.
Por eso, la propuesta que presento como parte de Agenda 2026 de la Universidad del Pacífico apunta a reemplazar la segunda vuelta por el voto aprobatorio en una sola ronda. El sistema es sencillo: cada elector aprueba todas las candidaturas que considere “aceptables”, de modo que gana quien acumule más aprobaciones. De esta manera, se incentivan alianzas más amplias y a intentar convencer a la mayoría desde el inicio. Y se asegura que el ganador sea quien tenga una mayor aceptación transversal, no quien pasó de casualidad al balotaje. En otras palabras, no más segunda vuelta, no más “mal menor”.
Este cambio no transformará de la noche a la mañana nuestro sistema político, pero sí puede ayudar a que funcione con mayor coherencia.
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